Solía tener un blog en el que relataba mis aventuras y desventuras: la monótona sucesión de días que iba entre un hombre emocionalmente inestable y el otro, mis obsesiones, miedos, amores. En medio de una de esas historias, que creía que iba a quedar como tan sólo una anécdota más de la cual reirme, mi vida dio un vuelco. Mejor dicho, una caída en picada, un espectacular y épico revolcón.
Hacía un mes que lo había conocido. La segunda vez que lo vi, concebimos a nuestro hijo. Y la vez siguiente decidí que no quería seguir viéndolo. Diez días más tarde nos volvimos a encontrar. Pasé el 25 de diciembre y el primero de enero con él; ese día hablamos de cuán importante era la libertad para cada uno, de cómo celebrábamos nuestra individualidad. Al día siguiente hice pis en un tarrito diminuto y en el reactivo salieron dos rayitas. Increible que ya haya pasado un año de todo eso.
Mi abuela sostiene que estábamos predestinados, yo a veces no sé muy bien que pensar. Quizás sea como los mitos que todas las sociedades necesitan para dar cuenta y sentido al mundo que las rodea, a esos sucesos que no se pueden comprender y que nos llenan de terror.
El caso es que no importa si uno tiene una orbe de celestinos haciendo magia alrededor, lo lindo es elegirse una y otra vez, pegarle para adelante a esto que parecía que nunca iba a funcionar y que ahora es tan perfecto.
Tenemos una hermosa familia de tres. De cuatro. Está Flora.
lunes, 27 de diciembre de 2010
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